Por Eva López Alvarez
Fotos Alejandro Martínez Notte
La ciudad de los zares de Rusia es un homenaje a la monumentalidad y la fastuosidad. La belleza del destino no queda mermada por una climatología que poco la mima: tiene un promedio de tan sólo 62 días de sol al año. Aunque no lo parezca, se ubica en la misma latitud que Anchorage, en Alaska. Sin embargo, la nubosidad del frío invierno contribuye al encanto que tiene la segunda ciudad de Rusia, cuyo centro es Patrimonio de la Humanidad, ya que aumenta la sensación de majestuosidad en interiores cuyos dorados parecen evocar un sol que poco se deja ver. En los meses más cálidos, la posibilidad de descubrir sus atractivos desde el río Neva abre un amplio abanico de opciones a los organizadores. De mayo a julio apenas hay noche y la temperatura media alcanza los 18 grados.
San Petersburgo cuenta con vuelo directo desde Barcelona y Alicante con Vueling. Algunos países latinoamericanos están exentos de visado hacia Rusia, sin embargo los viajeros españoles deben procurarse un documento de entrada cuya tramitación puede llevar más tiempo de lo pensado, por lo que es recomendable realizar la gestión con suficiente antelación. En todos los casos se exige un pasaporte con validez mínima de seis meses desde la fecha de regreso.
Nada mejor para apreciar la magnificencia de esta ciudad que comenzar descubriéndola en la plaza del Hermitage, el palacio que servía a los zares como residencia de invierno. Tanto la plaza como los edificios colindantes ejemplifican las abrumadoras dimensiones de los proyectos imperiales. Y es que San Petersburgo fue una suerte de laboratorio en el que los zares quisieron demostrar al mundo la capacidad de un imperio a la hora de construir. En 1918 cayó el último zar de Rusia y San Petersburgo perdió el rango de capital, llegando incluso a cambiar de nombre en 1924 cuando se convirtió en Leningrado. Aunque nunca recuperó la importancia política de antaño, la monumentalidad de sus espacios hace que siga siendo una de las ciudades más grandiosas del mundo.
Hermitage
Actualmente la pinacoteca reúne los espacios de lo que fue el Palacio de Invierno, el Teatro de Hermitage, el Hermitage Pequeño, el Hermitage Viejo y el Nuevo Hermitage. Dicen que para visitar todas sus salas hay que recorrer 22 kilómetros. Aún más abrumador resulta descubrir que, a pesar de la proliferación de obras en habitaciones y pasillos, sólo está expuesto el 25% de la colección del museo. Aunque la visita es ineludible, se recomienda programar un itinerario centrado en una temática o que resuma las obras más conocidas: la museografía no es el punto fuerte de esta pinacoteca cuya visita puede resultar aburrida si no se enfoca el recorrido por los tres millones de objetos que aglutina.
Algunas salas son una pieza de arte en sí misma: además de la propia decoración y los cuadros, albergan piezas tan impresionantes como el reloj de oro: en realidad es un pavo real que abre la cola y gira sobre sí mismo cada hora. Todo un espectáculo.
Figurantes vestidos de época esperan a los turistas a la puerta para fotografiarse con ellos. Y no sólo ellos, locales acompañados de animales curiosos también se dejan ver a menudo. Eso si no coincide con alguna manifestación de gente mayor nostálgica de la época comunista.
No se pueden organizar eventos en el interior: sin embargo, algunos personajes “históricos” pueden amenizar una visita privada del museo por la noche: de hecho algunos receptivos proponen que Rasputin ejerza de guía.
Venues imperiales
La oferta de espacios para organizar banquetes en la ciudad y sus alrededores es muy variada, pero siempre con una misma atmósfera: la imperial. Se declina de muchas maneras: desde la de las fastuosas habitaciones del palacio de Yusupof f junto al Neva, entre las que destaca la sala columnada con capacidad para 300 comensales, a los espacios del museo de Artillería, considerado el más grande del mundo. Está situado frente a la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Su visita es otro de los clásicos y ofrece su atrio para convenciones de hasta 800 personas.
San Petersburgo tiene una ventaja con respecto a otros destinos: hay muchas opciones para los grupos muy grandes. Siempre habrá espacio en lugares ideados para albergar cortes multitudinarias. En el gran vestíbulo de la sede de la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo se pueden organizar convenciones para 1.500 asistentes. 900 personas pueden asistir a un concierto en la catedral Smoiny,
Peterhof
La joya de la corona imperial es el palacio de Peterhof, en la orilla meridional del golfo de Finlandia: es el gigante entre los gigantes que deleitará a los amantes de los palacios majestuosos y las historias de alcoba. Aquí se encontraban los emperadores cuando fueron apresados durante la Revolución de 1917. Al año siguiente, cuando cambió la historia política de Rusia, ya fue declarado museo y actualmente es sede de espectáculos exclusivos de agua y luz en algunas de las 150 fuentes del recinto, con cierres en los que nunca faltan los fuegos artificiales. El paseo por los jardines culmina en el mar, que impresionará a quien nunca lo haya visto congelado si el viaje se organiza durante el crudo invierno ruso.
A medio camino entre Peterhof y el centro de San Petersburgo, más exactamente a 15 kilómetros de la ciudad y junto al Báltico, está el Congreso Nacional, en lo que fue el Palacio de Constantino. La terraza fue utilizada durante la reunión del G20 que se organizó en 2013: 800 personas pueden disfrutar de una cena de gala al aire libre si el tiempo lo permite. En el interior, la Sala Azul y la Sala de Mármol se utilizan para convenciones de 250 participantes. Este antiguo palacio alberga además la que es hoy por hoy la bodega presidencial. Se pueden degustar algunos de los vinos que forman parte de la colección en cócteles para un máximo de 100 personas.
Tsarskoye Selo
La conocida como Villa de los Zares está a 24 kilómetros al sur de la que fue la capital. Allí se encuentra otro de los palacios más imponentes del mundo: el de Catalina I, que la propia zarina mandó construir tras recibir como regalo de su marido los terrenos donde se ubica. El turquesa de su fachada y los dorados de las cúpulas de la iglesia integrada dan una idea de lo que el visitante encuentra en el interior: suntuoso, fastuoso… y kitsch son adjetivos que vienen a la mente en cada una de las salas, tanto en la parte barroca llena de espejos y oro, como en la neoclásica con tapizados a base de pájaros y plantas.
No dejará indiferente a nadie la habitación de ámbar, en la que cada detalle, hasta los marcos de los cuadros, están fabricados con
esta resina del Báltico. Llama la atención que el palacio fue completamente devastado en la Segunda Guerra Mundial o, lo que es lo mismo, todo este despliegue de oro y lujo no se llevó a cabo una vez… sino dos. El gran vestíbulo de 900 m2 es ideal para fiestas que reproduzcan los bailes de disfraces que tanto gustaban a los zares.
En torno a Pushkin
En Tsarskoye Selo está el Liceo donde estudió Alexander Pushkin y donde aún está su habitación de estudiante. El recorrido por el lugar es otra manera de conocer algo más sobre este insigne ciudadano de San Petersburgo. Precisamente la residencia de Pushkin en San Petersburgo es hoy el Museo Nacional Pushkin y otro venue junto a uno de los canales del Neva .
Considerado el padre de la literatura moderna rusa, fue poeta, dramaturgo y novelista. Falleció con 37 años tras haberse batido en duelo con un militar francés a raíz de sus propósitos incorrectos hacia su esposa. Y eso que decían que el injurioso era en realidad amante del embajador holandés… Éstas y otras historias épicas y reales forman parte de las explicaciones que acompañan la visita del apartamento donde murió. La sala de conciertos se utiliza para sesiones de hasta 150 personas.
Contrastes en la avenida Nevsky
Aunque parezca que todo es señorial y majestuoso, San Petersburgo es una ciudad de contrastes, como toda Rusia. La simbología comunista que aún se mantiene en las estaciones de metro y algunos edificios de la avenida Nevsky, de cuatro kilómetros, decoran un universo en el que riqueza y pobreza conviven a tan sólo unos metros de distancia.
Merece la pena callejear por alguna de las calles adyacentes: es fácil encontrar mercadillos improvisados donde se vende de todo y la mayoría procede de China. Y en la misma avenida, palacetes urbanos y tiendas de lujo recuerdan la otra realidad de la Rusia de hoy en día.
En el número 41, 270 personas pueden admirar el recargado estilo barroco de la Sala de los Espejos del palacio del príncipe Beloselskiy-Belozerskiy durante una cena de gala. Este venue representa a la perfección que no hace falta salir de la ciudad para reservar ambientes imperiales, aunque sin duda los más emblemáticos están en las afueras. En el número 39, el Palacio de la Juventud cuenta entre sus salas con un auditorio de 790 plazas.
En una de las calles perpendiculares a la avenida, y junto a uno de los canales de la ciudad, se eleva orgullosa la iglesia de El Salvador sobre la Sangre Derramada. Su curioso nombre procede de la sangre que se derramó realmente en este lugar: la del emperador Alejandro II cuando cayó herido de muerte en un atentado ocurrido en 1881. Es una bellísima muestra de arte ortodoxo, tan bonita por fuera como por dentro. Todo el interior está repleto de mosaicos de colores a los que merece la pena acercarse: es la manera de descubrir hasta qué punto los rusos son expertos en este arte decorativo. Además de la expresividad de los rostros, el tratamiento de las juntas hace que a veces resulte difícil diferenciar entre mosaico y pintura.
Una de las grandes catedrales de la ciudad está en la misma avenida. Es fácil reconocerla con su gran columnata y homenajea a la Virgen de Kazán, uno de los iconos más queridos por el pueblo ruso.
La de San Isaac ofrece magníficas vistas de la ciudad en días despejados. Desde la cúpula, la tercera más alta de Europa, se aprecia aún más el frío que puede llegar a hacer en invierno pero la visión del Neva nevado forma parte de las recompensas. Su interior es otro ejemplo de lo abrumadores que son los edificios históricos en San Petersburgo: basta ver el busto del arquitecto que la realizó en los diferentes mármoles utilizados en la construcción para darse cuenta. El iconostasio con columnas de malaquita dejará boquiabierto a más de uno. Antes y después de las horas de culto se puede asistir durante media hora a los cantos del coro: sin duda una manera muy recomendable de sumergirse por un momento en la religiosidad ortodoxa.
En hoteles
Precisamente en frente de la catedral está el Four Seasons, hoy por hoy el mejor hotel de la ciudad: es el lugar ideal para un incentivo en el que el lujo ocupe un espacio más importante. Lo que fue el palacio de un noble es hoy un magnífico hotel al más puro estilo imperial. La escalera de acceso a las habitaciones invita a que cualquier invitado se sienta como un zar o una zarina.
Entre las 177 habitaciones se incluyen 26 suites. Cualquiera de los ocho salones para eventos recuerda el pasado más fastuoso. El más grande tiene capacidad para cenas de gala de 250 comensales.
Muy cerca está el Art-Hotel Rachmaninov, uno de los pocos hoteles boutique de la ciudad: con 25 habitaciones, también incluye dos pequeños salones para eventos corporativos.
En un estilo más moderno y fuera de la ciudad, con vistas al palacio y jardines de Peterhof, el New Peterhof Hotel cuenta con ocho salas para eventos y capacidades entre 30 y 180 personas en una cena de gala. Fue inaugurado en 2010 y cuenta con 150 habitaciones.
El hotel Crowne Plaza St. Petersburg – Ligovsky, ubicado junto al aeropuerto, a 13 kilómetros del centro, es el más vanguardista: dispone de 195 habitaciones, cinco salas y aforo de 80 personas en la mayor. El bar es un buen lugar para organizar una degustación del mejor vodka ruso.
Incentivos al estilo ruso
Según la época del año se puede descubrir la ciudad y sus tradiciones de diferentes maneras: éstas son algunas ideas para sentirse habitante de la ciudad imperial al menos por un momento.
Escultura de hielo
Tsar Events es una de las empresas que organiza esta actividad. Durante una hora, el bloque de hielo puede convertirse en el logo de la empresa o cualquier otro motivo que salga de la imaginación de los participantes.
Coincidiendo con la Navidad ortodoxa, a principios de enero, se organiza un festival de esculturas de hielo en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. Y no sólo aquí: artistas locales fabrican figuras que salpican los recorridos por la ciudad.
Bailando como kosakos
Los grupos se divertirán aprendiendo algunos pasos de esta danza tradicional rusa. Los participantes pueden vestirse con el traje rojo de los antiguos guerreros y probar su destreza después de una degustación de vodka.
Esta danza es un auténtico ejercicio para las piernas ya que se basa en numerosas acrobacias. Existen más de 2.000 temas musicales que se pueden bailar: desde militares y satíricos a religiosos y folclóricos.
Speed boat
Es una manera divertida, y rápida, de descubrir algunas de las 101 islas que cuenta San Petersburgo y el delta del río Neva.
A lo largo de algunos de los canales más famosos, como el Moika, Fontanka o el Griboyedova, los participantes pueden adivinar cuáles son los palacios que se divisan en la orilla o distinguir los lugares más afectados por las mayores crecidas, divididos en grupos de dos.
Historia pura
A los DMC´s locales les encanta jugar con la historia como parte de los eventos que organizan. Como si no fuese evidente en la atmósfera que impregna los espacios que se ofrecen. Stalin o Lenin ya han realizado charlas previas a presentaciones organizadas en las salas de Residencia K2, en la isla de Kamenniy, donde la nobleza imperial construyó sus palacios de verano. Convertida en sede de oficinas gubernamentales en la época comunista, la austeridad parece hacer un guiño al barroquismo que imperaba antaño. Los 200 invitados a una cena de gala pueden llegar en barco hasta las instalaciones.
Precisamente el barco es uno de los mejores transportes para recorrer con buen tiempo lo que se conoce como la “Venecia del Norte”: la fastuosidad de los edificios que miran al Neva son la panorámica ideal para un cóctel con champán o combinados a base de vodka. En total, 342 puentes comunican las 40 islas de la ciudad. El recorrido se puede ampliar con salidas al estuario y la organización del trayecto de noche genera aún más impresión de majestuosidad.
El ballet también forma parte de la historia rusa y asistir a una sesión en el teatro Mariinski suele formar parte de los programas. Aquí se formaron bailarines de la talla de Nureyev y, aunque en la actualidad no goza del mismo prestigio que el Bolshói de Moscú, sigue siendo referencia para descubrir un arte indisociable del pueblo ruso.
La gastronomía no forma parte de los mayores atractivos de la ciudad. Sin embargo, conocer cuáles son los productos de base en un mercado es una actividad agradable: el mejor lugar para organizar una salida es el mercado Kuznechny, uno de los más frecuentados por la gente local.
El mercadillo puede ser uno de los escenarios para un juego de espías. El ambiente de San Petersburgo invita a sumergirse en una temática que puede basarse en las intrigas palaciegas o el espionaje soviético. Siempre teniendo en cuenta que el habitante es bastante reacio a todo lo que pueda significar para él una banalización de la propia cultura e historia.
La mejor manera de rematar un viaje lleno de fastuosidad es brindar a la manera rusa durante una cena de cierre. Es importante respetar el ritual: ante todo se brinda por los comensales. Una vez degustados los primeros platos se brinda por las mujeres. A esos dos brindis, ineludibles, pueden seguir tantos como se desee. Y generalmente son muchos. Solo en las bodas se rompe la copa después de beber. Sin olvidar una última cosa, no por última menos importante: mientras se come, no se habla de trabajo.
La ciudad desde el agua
La capital de los zares se ubica en la desembocadura del río Neva, que nace cerca de la frontera con Finlandia y culmina en el mar Báltico. De sus 74 kilómetros, 28 están en San Petersburgo. A pesar de su corta longitud, es el tercer río más caudaloso de Europa, por detrás del Volga y el Danubio.
Entre mayo y julio se producen las llamadas “Noches blancas”, con 18 horas de luz al día. Es el mejor momento para realizar un crucero. La ventaja de este producto es que los organizadores tienen cubierto el alojamiento y pueden organizar actividades a bordo.
Politours propone varios cruceros fluviales para viajeros de habla hispana con salida o destino en la ciudad. El Gran Tour del Báltico, con salida desde Madrid y Barcelona, comienza en Vilnius y al cabo de nueve días llega a la ciudad imperial. Otro clásico es el Moscú-San Petersburgo.
Los dos barcos de Politours se pueden privatizar: el Anton Chéjov, con capacidad para 203 pasajeros, cuenta con espacios para organizar presentaciones y sesiones de trabajo a bordo, con guías hispanohablantes durante las excursiones. El Princesa Anabella se ofrece para grupos de hasta 92 personas. El restaurante panorámico se puede acondicionar para programas de teambuilding o conferencias.
Las grandes compañías de cruceros marítimos hacen escala en San Petersburgo y proponen excursiones por la ciudad, en lo que puede ser un aliciente para un incentivo a bordo de un navío que surque el Báltico. Pullmantur, MSC Cruceros y Royal Caribbean forman parte de las navieras que hacen escala en la ciudad.
Para recorrer los numerosos canales es imperativo reservar barcos más pequeños, incluso speed boats de dos plazas, que permiten pasar por debajo de los puentes independientemente de que estén o no alzados. Los recorridos suelen durar dos horas, según la cantidad de islas que se visiten. Los más completos incluyen las de Kamenniy, Elaguin y Krestovsky. El paseo nocturno en los meses del verano ruso deleitará a los invitados.




