Por Eva López Alvarez
Fotos Alejandro Martínez Notte
Antiguamente el Valle Sagrado de los Incas, en los Andes peruanos, era un lugar inaccesible en el que resultaba difícil distinguir leyenda y realidad. Esto último no ha cambiado. Afortunadamente, una puerta llamada Cuzco ha sido abierta para todo el que quiera explorar este rincón del mundo. Los grupos de incentivo pueden experimentar en su propia piel la magia de un lugar que se extiende a lo largo del río Urubamba, entre los pueblos de Písac y Ollantaytambo. Les separan 60 kilómetros repletos de arqueología, historia, cultura… en una atmósfera en la que cada elemento es pintoresco: de los habitantes a los muros, de los mercados a los paisajes… el Valle Sagrado es puro exotismo de habla hispana.
El aeropuerto internacional Alejandro Velasco de Cuzco ejerce de acceso para todos aquellos viajeros que tienen como objetivo culminar su viaje en Machu Picchu y antes recorrer el Valle. En su mayoría proceden de Lima. Ya son numerosas las compañías aéreas que conectan la capital de Perú y Cuzco y pronto se unirá una nueva: Viva Air Perú iniciará esta ruta en el mes de mayo.
Para regocijo de los organizadores de viajes de incentivo, Perú cada vez está mejor conectado con el resto del mundo, aumentando en consecuencia la accesibilidad al Valle Sagrado. La última compañía transoceánica en aterrizar en Lima es la española Plus Ultra, que tres veces por semana conecta Madrid y la capital del país.
Cuzco
Antes de sumergirse en el Valle Sagrado conviene ejercitar la respiración en Cuzco, y en el sentido literal de la expresión. Los lugareños ofrecen a los viajeros que atraviesan la puerta de salida del aeropuerto hojas de coca que les ayudarán a superar el mal de altura: la capital de la arqueología se encuentra a 3400 metros de altura y el corto vuelo –una hora y veinte minutos– desde Lima, situada al nivel del mar, no permite comenzar la visita sin cierta sensación de aturdimiento. El efecto real se percibe con sólo subir una escalera: la falta de oxígeno ralentiza los movimientos.
En el hotel Inkaterra La Casona los grupos son recibidos con otra versión de la coca: el té o mate elaborado con la infusión de esta planta, utilizada desde tiempos inmemoriales por las comunidades del Altiplano para contrarrestar lo que aquí se conoce como soroche.
La mansión colonial que ocupa el hotel invita a trasladarse a la época prehispánica que conoció su construcción, cinco siglos atrás. Hoy sigue contando con las once habitaciones de la casa original.
También incita a imaginar la ciudad que los conquistadores españoles encontraron en su primera incursión en el destino: la capital de un imperio, el incaico o Tahuantinsuyo, que desangrado por una guerra civil cayó fácilmente en manos de los foráneos, muchísimo más inferiores en número .
Éstos pudieron, al igual que los visitantes de hoy en día, acercarse al Coricancha –originalmente Inti Kancha por ser el templo dedicado a Inti, la deidad más importante de la religión inca–. Aunque posteriormente fue engullido por el Convento de Santo Domingo, sigue siendo evidente la magnificencia del recinto.
La catedral preside la Plaza de Armas que los españoles construyeron modificando un urbanismo que aún se puede percibir en muchas calles: las que conservan los grandes bloques de piedra que componen auténticos Tetris pese a su gigantesco tamaño. A dos kilómetros de Cuzco, el recinto ceremonial de Sacsayhuamán es una de las excursiones de carácter obligado y recuerdo casi vivo de la magnificencia de las ciudades incas.
Písac
A 32 kilómetros de Cuzco, este pueblo es sobre todo conocido por su mercado, antiguamente de alimentación y artesanías, que se celebra los jueves y domingos. Actualmente es más un conglomerado de souvenirs sin interés pero no resta importancia al atractivo del Sitio Arqueológico Inca de Písac. Dominando el Valle Sagrado, es en realidad el casco antiguo de una ciudad que durante la colonia española bajó a instalarse en el Valle. Los restos del palacio imperial, las terrazas que anticipan Machu Picchu… provocan que la imaginación ya pueda echar a volar.
Los amantes de los mercados indígenas originales tienen cita cada mañana en Urubamba: desde cabezas de vaca recién cortadas y sin piel a frutos que se convierten en adivinanzas… todo convive en un pedazo de pasado que se encuentra en pleno presente y parece no inquietarse en absoluto por el futuro.
La modernidad de la actualidad en forma de lujo hotelero se encuentra a poca distancia: en el Inkaterra Hacienda Urubamba, las 24 cabañas independientes y doce habitaciones de la casa principal invitan a compartir el chisporroteo del fuego con los silencios de las noches llenas de estrellas y leyendas.
Desde el hotel se organizan salidas nocturnas, en grupos de veinte personas, para quien quiere vivir en directo el efecto de las leyendas que se cuentan en el Valle.
La huerta ecológica que alimenta el recinto sirve para actividades de teambuilding que consisten básicamente en reconocer los diferentes cultivos y, por qué no, cocinar con algunos ingredientes. También es posible competir en el sencillo, pero no poco divertido, juego de la rana que al parecer ya se practicaba en la época en la que los incas explotaban las tierras del fértil Valle Sagrado.
El Valle no sólo esconde ruinas sublimes que certifican pasados gloriosos. También paisajes únicos que evidencian la capacidad ancestral de hacer fructificar la zona. Las Salinas de Maras se pueden conocer en una visita de un día desde Urubamba.
De camino a Ollantaytambo, quienes no sufran de vértigo pueden experimentar la sensación que produce estar suspendido en las alturas, en las cápsulas transparentes del Skylodge Adventure Suites. Hasta ocho personas pueden dormir a 400 metros de altura.
Ollantaytambo
De nuevo, el tiempo se ha detenido en una época en la que el ritmo era el que marcaban la tierra y los astros. El colorido de la vestimenta de los locales, que tan a menudo caminan encorvados e indiferentes al viajero, combina a la perfección con el color de la piedra. Ollantaytambo es arqueología en forma de pueblo vivo donde perderse y seguir imaginando.
La modernidad del diseño arquitectónico no es precisamente reciente: el esquema geométrico planeado por los incas conduce a través de estrechas calles hasta el río Urubamba. En lo alto, la Casa Real del Sol parece seguir siendo la fortaleza que protege a los locales. Diecisiete terrazas conducen a un edificio que albergaba el altar principal del lugar. Una vez más, un ejercicio de proeza arquitectónica que asiste impasible al creciente número de turistas que lo visita cada día.
Ollantaytambo es el punto de partida de los trenes turísticos que recorren el fondo del Valle con destino a Aguascalientes. Durante una hora y media, el Urubamba discurre animado ejerciendo de frontera para quienes se atreven a bordearlo recorriendo a pie el Camino Inca. Son 43 kilómetros de un paisaje único que se supera en dos días y tiene como recompensa una de las mejores vistas del planeta: la de la ciudadela de Machu Picchu al empezar el día, tras haber alcanzado al amanecer la Puerta del Sol, donde comienza el descenso a la ciudad inca.
En caso de organizar el más activo de los programas de incentivo posible, es importante tener en cuenta que en febrero el Camino Inca permanece cerrado por mantenimiento. Los meses de junio, julio y agosto son los de mayor afluencia turística. La estación de lluvias se extiende de marzo a mayo. El invierno local, con temperaturas que oscilan entre los 2 y los 20 grados, se prolonga desde abril hasta septiembre.
Inca Rail ofrece la posibilidad de privatizar los vagones de sus trenes para grupos que disfruten de las vistas mientras degustan una comida a bordo. Los servicios First Class incluyen flores decorando las mesas, jugos naturales… en cómodos asientos desde los que disfrutar de las panorámicas a través de grandes ventanales.
Aguascalientes
El hecho de que sea más conocido como Machu Picchu Pueblo da una idea del carácter de este lugar, punto de partida de los turistas que cada día se trasladan hasta Machu Picchu.
El acceso ha sido limitado a 2500 personas por día y el itinerario canalizado con obstáculos, en un intento no demasiado exitoso de evitar los atascos de gente.
El hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo es el más utilizado para los grupos de incentivo al estar directamente comunicado con la estación de tren. También porque consta de 85 cabañas ubicadas en un bonito bosque que permite programar actividades del tipo de observación de aves, la visita del orquidario o el paseo nocturno.
La calma del recinto contrasta con el bullicio del pueblo, a tan sólo unos metros, donde viajeros de todo el mundo se pasean por el mercadillo, escuchan la música internacional de los bares y esperan la salida de los autobuses hacia Machu Picchu, que comienzan a circular a las 5h30 cada mañana. La visita termina a la misma hora de la tarde, cuando tiene lugar el último traslado a Aguascalientes.
Quienes quieran obviar la estancia en Machu Picchu Pueblo pueden optar por el alojamiento en el Belmond Sanctuary Lodge, en la entrada de la ciudadela. Es el único hotel del lugar y cuenta con 29 habitaciones y dos suites, además de un completo programa de masajes y sesiones de aromaterapia para el descanso previo o posterior a la visita.
Machu Picchu
La ciudadela más famosa del mundo no pierde un ápice de su interés a pesar de las aglomeraciones. Si la imaginación no ha volado lo suficiente en el recorrido por el Valle Sagrado, aquí será imposible retenerla. Ni siquiera se sabe si Hiram Bingham, el explorador que hizo pública la existencia de la ciudad inca, fue el primer extranjero en observarla. De hecho se dice que fue un niño del lugar quien le condujo hasta ella tras haber sido descubierta por un hacendado cusqueño.
Tampoco se sabe a ciencia cierta qué es Machu Picchu: las últimas teorías apuntan a que la ciudad nació por la construcción en este lugar del mausoleo de Pachacútec. En caso de ser así, el recinto habría sido un santuario dedicado a los muertos.
Hasta la función del Intihuatana, el supuesto reloj solar inca que no falta en ninguna fotografía, podría no haber sido tal debido a la cantidad de momentos en el año en que se encuentra a la sombra. La elección del escarpado lugar, su abandono en el siglo XVI… todas son incógnitas que ni el más cualificado de los guías puede responder, sólo suponer, y cada visitante elegirá la opción que más le convenza…
Choquequirao
Los grupos, en muy buena condición física, que ya conozcan el Valle Sagrado y la ciudadela inca, pueden disfrutar de un descubrimiento reciente que compite con Machu Picchu en magnificencia: Choquequirao es accesible para quienes estén dispuestos a recorrer 60 kilómetros durante cuatro días de trekking a lo largo del cañón del río Apurímac, considerado uno de los más profundos del planeta. Según las crónicas, esta ciudad fue el último refugio de la civilización inca.
Los hoteles del Valle Sagrado invitan a los viajeros a realizar ofrendas a la Pachamama, una deidad incaica representada en la tierra en su conjunto. Es una diosa que protege a todo aquél que la venera y la manera de hacerlo, aún vigente en muchas comunidades andinas, es especialmente atractiva en el mes de agosto. Es el mes de la Madre Tierra y en Cuzco se puede asistir a las ceremonias.
Dirigidas por un sacerdote andino, consisten en devolverle a la tierra algunas ofrendas que se han extraído de ella como agradecimiento y para que de nuevo permita acceder a sus entrañas y seguir produciendo… Sin duda, un momento altamente simbólico que evidencia el exotismo de esta zona del planeta.
La afluencia masiva de turistas es el único aspecto que pue – de restar interés a un destino de incentivo que ofrece la facilidad del idioma y el exotismo del lugar más recóndito: el Valle Sagrado es mágico, y como tal hechiza.
Leyendas de cielo y tierra
El Valle Sagrado es el lugar ideal para organizar salidas nocturnas durante las que observar el cielo. Es el mejor modo de comprender cómo hasta la desaparición del Imperio Inca la astronomía ocupaba un espacio prioritario en el entendimiento y transcurso de la vida cotidiana. Montañas, cañones, llanuras, ríos, manantiales… todos eran elementos de una concepción del universo en la que la luna y las estrellas ejercían de faro natural bajo cuya luz se explotaba la tierra.
La explicación sobre los antiguos mitos se mezcla con la observación de los astros no sólo durante los paseos de noche: la importancia del sol y su influencia está presente en todas las construcciones incas, incluso en aquéllas cuyo origen se desconoce. Es el caso de los Andenes de Moray, una serie de círculos concéntricos en los que, gracias al amplio conocimiento de la astronomía y la climatología, los incas conseguían reproducir distintos climas en una suerte de laboratorio agrícola gigante.
Los complejos sistemas de irrigación testimonian de la capacidad técnica que hizo de los incas destacados agrónomos. Las terrazas permitían experimentar cultivos a diferentes alturas, siendo capaces de recrear hasta 20 microclimas diferentes según la época del año.




