Por Cristina Cunchillos
Para muchos profesionales obligados a mantener sus reuniones por videoconferencia, una de las consecuencias que han pasado más inadvertidas de la crisis sanitaria y el confinamiento en casa ha sido el descubrimiento de la imagen que proyectan. En la pantalla de su ordenador han podido ver cómo los demás les ven cuando hablan, argumentan o escuchan, y en ocasiones se habrán sorprendido, o incluso horrorizado, de sus propios gestos o expresiones. Algo que se desprende de uno mismo, en la mayoría de las veces sin darse cuenta.
Y es que el lenguaje no verbal se produce de forma inconsciente y transmite mensajes sobre quien los emite en todo momento, aunque no hable. De hecho, según los expertos representa hasta el 93% de lo que se comunica. Puede ser una forma de reafirmar lo que se dice, y en ese caso, cuando hay coordinación entre lenguaje verbal y no verbal, contribuye a generar confianza. O, por el contrario, puede servir para enviar señales que contradicen el mensaje oral y crear con ello una impresión negativa.
Su efecto es innegable y también inmediato. Según los neurólogos, cuando se contacta con alguien por primera vez el cerebro tarda solo un minuto y medio en formarse una primera impresión de esa persona, principalmente a través de aspectos no verbales como su mirada, tono de voz o la forma de estrechar la mano. Esa primera impresión puede ser difícil de olvidar y alterar posteriormente.
Un mundo complejo
El campo de la comunicación no verbal no solo abarca los gestos o el lenguaje corporal. Hay silencios que dicen mucho más que cualquier discurso. El uso que se hace del tiempo, tanto al hablar como en cualquier contexto social, también transmite mensajes no verbales. Incluir grandes pausas al hablar, por ejemplo, puede sugerir un carácter reflexivo. Y alguien que llega siempre tarde puede dar la impresión de falta de respeto, generando desconfianza.
También la forma de vestir y la elección de colores (el rojo y el amarillo, por ejemplo, son colores de poder, pero también pueden generar sensación de arrogancia), el uso del espacio disponible o incluso el olor personal: todo es parte del complejo mundo de la comunicación no verbal.
No hay que olvidar que existen diferencias culturales. En general los pueblos latinos y las culturas mediterráneas gesticulan mucho más que los nórdicos. La falta de expresividad de algunos asiáticos no tiene por qué indicar una falta de interés. La propia personalidad o el estado emocional de quien comunica también influyen en el lenguaje corporal y lo que con él se transmite.
No basta con memorizar una lista de posturas y lo que pueden comunicar para “leer” a las personas. Hay que tener en cuenta la personalidad y el contexto en el que los gestos se producen. Alguien puede cruzar los brazos simplemente porque tiene frío o no tiene donde apoyarlos, sin que exista por ello actitud de rechazo. Tampoco conviene considerar las señales de forma aislada. Si una persona está nerviosa, probablemente lo mostrará de diversas formas y no con un único gesto. Es mejor buscar grupos de señales para tener una idea más acertada.
Gestos clave
Con todas estas variantes, ¿se puede leer el lenguaje no verbal de una persona con seguridad? Tal vez no es algo tan sencillo como pudiera parecer en primera instancia, pero sí que hay ciertas pautas generales que conviene tener en cuenta:
Cruce de piernas y brazos
Cuando una persona cruza sus piernas o sus brazos, instintivamente se está cerrando al exterior. Por eso se considera que en cualquier negociación en la que uno o más participantes cruza las piernas hay menos posibilidades de que se alcance un acuerdo. Cruzar los brazos también puede generar la impresión de estar a la defensiva y rechazar cualquier interacción.
Manos inquietas
Tocarse la cara, la corbata, el pelo, el cuello… son gestos que se generan fácilmente al estar nervioso y también pueden sugerir inseguridad y deshonestidad. De igual modo, la necesidad de tamborilear con los dedos sobre la mesa o jugar constantemente con un objeto es muestra de nerviosismo y puede distraer a quien escucha. Esconder las manos en los bolsillos o bajo la mesa puede denotar falta de interés o que se está ocultando algo.
Los gestos de la mentira
Hay mentirosos profesionales que han perfeccionado el control de sus gestos para evitar que les delaten. Pero en la mayoría de las personas se encuentran señales no verbales que llevan a la desconfianza. Cuando se miente puede cambiar la expresión del rostro.
Hay personas que se ruborizan, tensan los labios o sudan más. También puede cambiar el volumen o tono de su voz y a menudo el discurso se interrumpe con carraspeos o tos, necesitando más pausas para tragar saliva. Cerrar los puños, respirar más rápidamente, o rascarse algunas partes del cuerpo también son considerados indicios de deshonestidad.
Contacto visual
¿Quién no ha sentido desconfianza hacia otra persona por el mero hecho de que ésta no le mira a los ojos? El contacto visual es esencial para expresar honestidad y crear un ambiente de confianza, aunque si se mira a alguien fijamente durante mucho tiempo también puede ser intimidatorio. Algo más difícil de percibir, e imposible de controlar, son las pupilas, que se dilatan frente a algo placentero.
Técnicas aprendidas
Aunque hay gestos innatos que resultan más difíciles de cambiar o controlar, es posible desarrollar técnicas para mejorar la comunicación no verbal. Existen consultorías especializadas en ello que asesoran a los profesionales. Estos son algunos de los aspectos que se suelen trabajar:
Sonrisas honestas
La sonrisa es contagiosa, ayuda a romper el hielo y crear un ambiente más relajado, sobre todo si es natural. Se considera que lo es cuando sonríe toda la cara y no solo la boca. Incluso las personas serias por naturaleza pueden aprender a sonreír más a menudo cuando hablan en público.
Mimetismo
Cuando se reconocen gestos propios en otra persona se crea una empatía que ayuda a que haya un mejor entendimiento. Se puede intentar mimetizar o copiar discretamente el lenguaje corporal del público al que uno se dirige (la llamada “técnica del espejo”), para conectar mejor con él.
Mejor postura
Sentarse con la espalda erguida y la cabeza levantada es una postura de poder que no solo genera una mejor impresión sino que, inconscientemente, también mejora la autoestima. Si se hace una presentación de pie es mejor no permanecer estático, sino moverse de forma natural, despacio, sin dar la espalda al público.
Con esfuerzo y práctica cualquiera puede mejorar su expresión no verbal y aprender a controlar sus gestos innatos. No se trata de suprimirlos, sino de saber utilizarlos eficazmente para complementar y reforzar el mensaje oral. Esa es la clave de los mejores comunicadores.
Para este tema hemos entrevistado a
Teresa Baró Directora de Verbal no Verbal y experta en comunicación para profesionales y directivos
“Podemos estar callados, pero no evitar dar mensajes no verbales”




